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El chavismo tardó 10 años, pero la 4T tardará quizá tres para que la otrora extendida clase media mexicana sea un recuerdo y de paso a lo que es hoy Venezuela: un país de Boligarcas, la minoría de comisarios políticos y empresarios que prosperó en la “Revolución Bolivariana”.

Aquí, el gobierno dio otro apretón a la clase media, con el peligro de quiebra de las escuelas privadas y la postura del Ejecutivo: “Eso corresponde a los padres y los dueños; están en una situación muy difícil. Lo que tenemos que garantizar es la educación pública”.

Antes, acerca de la crisis que mantiene (desde el primer año de gobierno) a la economía abajo de cero por ciento, había apretado a pequeños y medianos empresarios: “Si van a quebrar, que quiebren; que asuman la responsabilidad los socios o accionistas”.

Como todo gobierno socialista, el actual de México es muy capitalista para sepultar la propiedad privada, pero muy socialista para salvar el monopolio del Estado sobre los medios de producción, y excluir a los particulares de la planta productiva.

Es decir, para hundir al capitalismo aplica la más rigurosa praxis capitalista sobre la destrucción creativa de Schumpeter, acerca de que si una empresa no produce debe quebrar, en el entendido de que ya aparecerá otra que sí produzca.

O sea, si las escuelas privadas quiebran es tema de los dueños y padres, aunque se lleven entre las patas a 1.5 millones de estudiantes; si 250 mil pequeñas y medianas empresas se hunden, es su asunto, aunque arrastren al desempleo a 18 millones.

Ahora, ese 1.5 millones de jóvenes tiene que modificar su vida de improviso, de un sistema educativo a otro; y los empleados que perdieron sus contratos quedan obligados a recurrir a tribunales o retirar los fondos destinados para su pensión de la vejez.

¿Destino de ambos? Fastidiarse, aunque la empresa estatal Pemex pierde dinero al producir el petróleo y vuelve a perder dinero al refinar ese mismo petróleo. En ese proceso de pérdidas, quema 2.3 millones de pesos por minuto.

Además, aun quebrada como las 250 mil pequeñas y medianas empresas privadas abandonadas a su suerte, el gobierno le dio a Pemex un recurso extra de 65 mil millones de pesos al reducirle la carga fiscal. Es decir: si tiene que quebrar, que no quiebre.

Pero, con el hundimiento de la planta productiva privada por falta de apoyo del gobierno, y el hundimiento de la planta productiva del Estado por ineficiencia, el gobierno debió pedir prestados mil millones de dólares al Banco Mundial.

Que no son para ayudar a la clase media que, sin género de dudas, quedará extinguida en muchísimo menos años que en Venezuela.

Será en tiempo récord.