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El título del libro del presidente es genial: A mitad del camino. Suena a gesta. Pues, en ese tono, a mitad del camino, para el presidente ya acabó la guerra ganada: la de sus promesas de campaña; y empieza la guerra perdida: la de sus resultados.

En ese entorno le toca levantar a su candidata a la presidencia ¡tres años antes! Una labor ciclópea, porque la Jefa de Gobierno acaba de encajar la primera derrota electoral para la izquierda en la capital, desde 1997.

También lo agarra no poder convertir a los aún gringos en el enemigo externo que soliviantaría el nacionalismo más básico. Pero sí encontró un amigo externo, el dictador cubano Díaz-Canel, que provoca un rechazo casi general.

Un rechazo como el del 58 por ciento de los mexicanos el asilo a Evo Morales en noviembre de 2019: una encuesta de Reforma reveló también que 56 por ciento refirió que traerlo afectaba la relación bilateral con Estados Unidos.

El 65 por ciento señaló que dañaba la imagen del país, y 53 por ciento lo percibió como un presidente no democrático, aunque Evo Morales hacía elecciones, amañadas, pero hacía. Y Díaz-Canel es un gobernante impuesto a dedo por una cúpula militar. Peor aún.

Y trajo a Díaz-Canel como orador principal en las fiestas patrias, mientras realiza en las mañaneras, según el doctor Luis Estrada, 22 menciones al ideólogo de Hitler, 13 a Hitler y seis al también Mussolini, a quien elogia hasta en Naciones Unidas.

Todo esto entra en la etapa de la guerra perdida, que incluye (en tres años) casi los mismos asesinatos que registró todo el sexenio anterior; y la economía cayó 8.5 por ciento, lo cual no sucedía hacía casi un siglo, exactamente desde 1930.

Ayer, el peso acumuló una depreciación de 3.37 por ciento frente al dólar de julio a septiembre, la mayor caída trimestral desde marzo de 2020. Y el incremento en la deuda ha sido 15.8, arriba de la inflación.

Según Coneval, con este presidente hay cuatro millones más de pobres de los que había cuando inició su gestión; y sólo 14,7 millones de mexicanos se benefician de alguna institución pública de salud, aunque antes de su gobierno eran 102 millones.

Per lo salvan las mañaneras (lleva 703), que provocan lo que él busca: sumisión y susto, por las amenazas; polarización, por las críticas; y control de la conversación política diaria: logra hacer hablar de lo que él quiere.

Eso durará hasta que sus críticos dejen de ser los principales divulgadores de la mañanera. Cada banalidad del presidente es expandida con frenesí por ellos durante todo el día, lo cual les impide articular una narrativa del desastre que vive el país.

Son sus propagandistas.