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La publicación de las cifras del PIB en México a principios de esta semana ha confirmado que la economía mexicana se encuentra en una situación de estancamiento. Aunque técnicamente se puede hablar de una leve recesión, dado que tenemos dos trimestres consecutivos con una contracción en la comparación secuencial del PIB, está claro que el estancamiento ha sido tal que prácticamente da lo mismo hablar de recesión o no.

El estancamiento no es un fenómeno exclusivo a los últimos dos trimestres, es una situación que se vive desde el 2019 cuando el PIB se contrajo 0.1 por ciento. Aunque el 2020 fue afectado por el impacto extraordinario de la pandemia, el PIB del primer trimestre de ese año –previo a la llegada de la pandemia– también presentó una ligera contracción.

La pandemia y la ausencia, prácticamente total, de medidas de política económica para mitigar el impacto de la pandemia, llevaron a la economía mexicana a una contracción de 8.2% durante el 2020. El desplome de la actividad económica en México en el 2020 fue el peor de la historia, superando fácilmente las crisis de 1983, (-4.3%), 1986 (-3.8%), 1995 (-6.3%) y 2009 (-5.1 por ciento).

México fue de los pocos países que decidió no implementar ninguna medida significativa de política económica para mitigar los efectos de la pandemia, lo cual contribuyó a que el rebote en la actividad económica observado durante el 2021 fuera eso, un rebote, y no una recuperación sostenible. En otros países, las medidas de estímulo funcionaron como una especie de puente para navegar la crisis y evitar secuelas permanentes mientras que en nuestro país muchas empresas se vieron obligadas a cerrar de manera permanente al no tener la liquidez suficiente para enfrentar la crisis.

Después del rebote de 5% observado en 2021, con una marcada desaceleración en la segunda mitad del año, las expectativas de crecimiento para el 2022 se han venido revisando a la baja consistentemente. La más reciente encuesta de especialistas del sector privado publicada por Banxico esta semana arroja una mediana de crecimiento esperado de 2.2 por ciento. Esta es una revisión a la baja considerable con respecto a la mediana de 2.8% observada en la encuesta publicada en diciembre.

Desafortunadamente, la expectativa de crecimiento para el 2023 es de apenas 2.1 por ciento. Con estas expectativas de crecimiento, el PIB de México no recuperaría el nivel que tenía en el 2018 hasta finales del 2023, lo que equivale a un lustro perdido en términos de crecimiento. México debería estar perfectamente posicionado para beneficiarse de la creciente tendencia al near-sourcing, impulsado por el T-MEC y la reubicación de cadenas productivas de suministro para el mercado norteamericano en México.

Pero el crecimiento económico está siendo limitado por un entorno donde la inversión, tanto pública como privada, está en franco declive. En el caso de la inversión pública, exceptuando las obras emblemáticas de infraestructura de este gobierno (Tren Maya, Refinería de Dos Bocas y aeropuerto de Santa Lucía), simplemente no hay espacio presupuestal para otros proyectos. En el caso de la inversión privada, el declive está más relacionado con la creciente percepción de un deterioro en el Estado de derecho.

En la edición de Sin Fronteras del 15 de septiembre del 2020 argumentamos que “la falta de inversión y la ausencia de medidas significativas de política económica para otorgar apoyos y proteger el empleo formal podrían contribuir a que la recesión del 2020 se convierta en un periodo de estancamiento multianual.” Desafortunadamente, hoy no hay elementos para pensar en un escenario más optimista.