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Xóchitl Gálvez se coló por la grieta del primer error del presidente en su (hasta ese momento) eficaz estrategia de ignorar las figuras reales de la oposición: cuando le cerró la puerta de la Mañanera, pese tener ella derecho judicial de réplica en ese espacio.

Ya es un hecho: al cerrarle la puerta de su parroquia, el presidente le construyó una candidata presidencial a la oposición. Una, además, que no tenía y es buena: pasa por apartidista, no fomenta prejuicios, es inclusiva y, en el terreno social, fomenta la legalidad.

Hasta ese momento, Xóchitl Gálvez no sabía qué hacer con sus posibilidades competitivas dentro de la oposición: “Veamos qué dice la margarita”, había colgado en Twitter, mientras deshojaba una flor. Pero ya no deshoja la flor: ya tiene la flor.

Y es una candidata infinitamente superior a la favorita del presidente. Xóchitl Gálvez emociona, tiene una sonrisa genuina, y un gracejo popular de raigambre, como el del propio presidente; mientras Claudia Sheinbaum es todo lo contrario: una máscara.

De hecho, en su forma personalista de hacer política, con base en el carisma y el desenfado para expresarse sin temor a las formas establecidas, es Xóchitl Gálvez (junto con Lily Téllez) lo más parecido en la oposición, al estilo que llevó al presidente al poder.

Porque, salvo en Estados Unidos con Joe Biden, el populismo nunca ha sido derrotado con perfiles moderados, sino con perfiles estridentes. Y el perfil de Xóchitl Gálvez (también el de Lily Téllez) es todo menos moderado: irreverente, destemplado, rijoso.

Si por fuera capaz, moderado, bien articulado, excelente proyección, altísimo nivel profesional y versátil políticamente, entonces José Antonio Meade hubiera vencido en 2018 al actual presidente, quien es un aferrado, indomable y egocéntrico impreparado.

Es difícil vencer al populismo con una candidatura solamente seria, que juegue educadamente y evite las chocarrerías con las que el populismo sedujo a las masas en 46 países donde gobierna 1990, incluso, en 20 de ellos cambiando la Constitución para ampliar su mandato y reelegirse.

Por ejemplo, Meade explicó así el aumento de la gasolina: “Permitirá la competencia, hará que suba o baje según el mercado, como en todo el mundo. Será más barata sólo cuando deje de ser subsidiada, y no sea un mecanismo de recaudación del gobierno”.

Tenía razón, pero nadie le quiso entender. Quisieron entender al que luego votaron 30 millones, quien sólo prometió que la gasolina sería casi gratis. Sin embargo, con él la gasolina cuesta, hoy, 10 pesos más que cuando Meade explicó los gasolinazos.

Sí, Xóchilt Gálvez puede articular un discurso populista que atraiga a todos, y, por su origen indígena, hablar limpiamente de garantías sociales y lucha del “pueblo” y contra las “élites”.

Es buena.