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La próxima toma de posesión presidencial demostrará hasta qué punto este presidente convirtió a México en un país retrógrado: los mandatarios del mundo democrático sólo envían a familiares o subalternos. Pero, de los gobiernos despóticos, vienen sus meros cabecillas.

Esto es resultado de la gestión del presidente: un político vernáculo, nunca un estadista de mapamundi. Sólo salió del país para visitar aldeas cercanas, y desgastó a México en infiernillos antiestadounidenses, como querer instalar aquí el GPS ruso o poner escáneres chinos en la frontera norte.

Llegó a firmar un Acuerdo Marco para instalar aquí estaciones terrenas y bajar señales del servicio Glonass, el GPS que usa Rusia no sólo para los mapas de sus carreteras, sino también para guiar misiles en Ucrania. Con Glonass aquí, Rusia espiaría hasta los baños de la Casa Blanca.

Estados Unidos hizo que el entonces canciller Ebrard fuera inmediatamente a Washington a aclarar que “no se instalará el sistema satelital Glonass en México, pues el Acuerdo Marco de referencia no lo menciona ni lo incluye y no está previsto instalarlo en nuestro país”.

Pero, aunque tuvo que echarse para atrás ante sus amigos de Moscú, el presidente cantonal fue por más: firmó otro Acuerdo Marco con China para instalar escáneres chinos en las aduanas de la frontera norte, que permitirían a China espiar desde aquí, sin esfuerzos, a Estados Unidos.

La respuesta de Estados Unidos fue tajante:

Esos escáneres incumplen los estándares de calidad de Estados Unidos y su instalación podría inhibir nuestro compromiso compartido de facilitar el comercio y para interrumpir el tráfico de precursores químicos, drogas sintéticas como fentanilo, metanfetaminas y dinero en efectivo, así como armas de fuego y municiones”.

De nuevo, tuvo desdecirse, ahora con sus amigos de Pekín. Pero los chinos no creen en lágrimas, y tuvo que pagarles con dinero a raudales: indicó a Sheinbaum que le diera a la empresa china CRRC Zhuzhou Locomotive la reparación la Línea 1 del Metro, por mil 850 millones de dólares.

Pero le siguieron cobrando a lo chino, y el presidente convirtió a México en el mayor receptor de inversión china en América Latina. Más aun, le dio a la empresa china Communications Construction, un contrato de 13 mil 400 millones de pesos en el Tren Maya.

Cuando 40 bancos chinos quebraron en una semana, y el colapso del poderoso Banco Jiangxi estuvo a punto de hacer reventar al sector financiero chino, hizo que Ebrard dijera una tontería: “México tiene que aprovechar el enorme potencial de China en comercio e inversión”.

La geopolítica no es lo suyo: quedó chica a su formación política básicamente comarcal. Escuchó que hoy el mundo es una aldea global.

Pero oyó “aldea”. Y pensó en Macuspana.