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La actual controversia política en México no se ocupa de los cientos de miles de desaparecidos en nuestro país desde que el crimen organizado o no, se dedicó a dominar amplios territorios. Los encargados del orden y la seguridad nuestros han caído en disquisiciones de lingüística, que ni siquiera llegan a la filología, mucho menos a la semiótica: no dan para tanto, aunque sí revelen las pugnas internas del cuatrote y las patadas por debajo de la mesa de sus capitostes.

El tema importante es saber definir si un rancho en Jalisco, investigado primero por las autoridades estatales y actualmente por las federales, era un centro de exterminio o de reclutamiento y adiestramiento de nuevos bandidos. Según lo dicho por un tal Lastra (porque en nuestro sistema penal todos estamos obligados a proteger a los delincuentes callando sus nombres), dice el señor Omar García Harfuch, el superpolicía mexicano, que al rancho Izaguirre, municipio de Teuchitlán a hora y media de Guadalajara, eran llevados por la fuerza o el engaño jóvenes en busca de una chamba. La mayoría no sabía que estaban siendo reclutados por el cartel Jalisco Nueva Generación, que le disputa a los sinaloenses el liderazgo del crimen. Algunos tenían el sueño de llegar al Norte.

A estos pobres se les hacía desnudarse, ponerse uniforme de los llamados de fatiga, y comprar unas botas para iniciar el entrenamiento de sus nuevos patrones. Quien se resistía era sometido a una tortura convincente o a la muerte. Lógicamente, los cadáveres eran incinerados ahí mismo, y esto explica el hallazgo de 493 prendas que reportó hace unos días la fiscalía del estado de Jalisco: playeras, mochilas, faldas, zapatos, blusas. Una reminiscencia de lo que encontraron en el campo nazi de exterminio de Auschwitz-Birkenau los soldados del Ejército Rojo en 1945.

El tema da para más tinta. A los pocos días se supo que un rancho similar estaba a diez minutos del Izaguirre. No es difícil imaginar que otros idénticos sitios de seducción y entrenamiento hayan existido y sigan funcionando en los lugares menos imaginados de Michoacán, Zacatecas, Nuevo León, Tamaulipas, Baja California o la mismísima capital del país. Y ahora resulta que el gobierno mexicano no encuentra las evidencias necesarias para calificar el rancho Izaguirre como un centro de exterminio.

Si el asunto es de lingüística, yo generosamente le ofrezco a la Fiscalía Federal y a la Secretaría de Protección y Seguridad de los mexicanos, la aportación de la humilde -mentira, nunca ha sido humilde- Real Academia de la Lengua Española. Según su vetusto diccionario, exterminio es la acción y el efecto de exterminar. Sinónimo o símil de extermino son aniquilación, destrucción,exterminación, genocidio, masacre, o matanza.

La primera definición de exterminar es acabar del todo con algo. La segunda es matar o eliminar por completo de un lugar un conjunto de seres vivos. Así, ¿o más claro?

La prudencia de la señora Presidente y en consecuencia de sus ministros,  es la política del avestruz, escondiendo la cabeza para no reconocer la realidad, pero dejando las partes pudendas a la vista. No importa como le llamemos a los campamentos de secuestro, tortura, adiestramiento o liquidación de humanos, ellos existen. Las autoridades locales lo saben, incluyendo los jefes de zonas y regiones militares.

Negar su existencia es sucumbir a ellos.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas):  Se dijo aquí y se dijo a tiempo. El barbaján de la Casa Blanca meterá reversa en los aranceles que romperían la estabilidad frágil de la economía de los Estados Unidos.Alguna salida retórica encontrará para no perder facha. Por lo pronto, respiremos; a ver cuánto.

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