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A mí me llegan dos mensajes indudables con la muerte de Rubén Oseguera Cervantes, mejor conocido como Nemesio, o mejor aún “el Mencho”.

El primer mensaje es el abandono de la hipocresía del régimen de Andrés Manuel López Obrador ante el avance del crimen organizado. Aquello de “abrazos, no balazos”, que la señora presidenta con A de patria ha traducido tímidamente como “combatir las causas del crimen” y no sus consecuencias.

En este período de eufemismos, porque le tenemos miedo a las palabras, el señor de Macuspana echó a circular el verbo abatir. Como su etimología indica, quiere decir simplemente tumbar, sin tumba; es decir, tirar a tierra. Nunca matar, directamente.

Pero nos acostumbraron a entender que, si un par de criminales fueron abatidos, era que habían muerto. Cosa que a muchos de nosotros nos parece buen destino: el azteca que llevamos en nuestra entraña quiere que el que la hace la pague, y que el que a hierro mata siga el destino que deja claro el segundo libro de la Biblia: “…si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida. Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”. Éxodo, capítulo 21, versículos 23, 24.

La aprobación que Omar García Harfuch recibe de los mexicanos es precisamente por ese abandono del cristiano credo de López Obrador, y a las mafufadas de abrazos no balazos.

El boletín oficial de la seguridad del Estado sobre el “abatido” Mencho da pistas notables sobre el operativo en el pueblo serrano jalisciense de Tapalpa, del que acabo de ver notables imágenes de balacera de órdago. Se menciona, y se ve, la participación de “numerosas aeronaves” en el cerco. Balacera intensa; armas de calibre grueso, capaces de echar abajo un helicóptero. Agresores muertos, y otros heridos de gravedad que fueron llevados a recibir atención médica: entre estos estaría —en este momento falta confirmación oficial— el “abatido” Rubén.

No tengo duda ni arrepentimiento. Al Mencho lo mataron al sur de Guadalajara en un enfrentamiento cabrón, en el que su gente se jugó la vida y los soldados mexicanos también. No me vengan con el cuento del abatido.

Ya nos contará esta mañana de lunes la señora presidenta con A de patria, en su perorata matutina. Claro, cuando la enteren de lo que realmente pasó. Y de lo que no tenía idea.

Lo que realmente pasó es el segundo mensaje que yo recibo de este serio asunto de seguridad nacional: ante la noticia del Mencho abatido se desata una serie de actos terroristas en amplio territorio nacional, que puso de cabeza, y temblando, a medio país.

De Sonora a Yucatán se usan sombreros Tardan, decía el anuncio de radio de mi infancia. Pues por doquier, de Tijuana a Quintana Roo, de Puerto Vallarta a Guadalajara, de Michoacán, Jalisco, Colima, Tamaulipas, Nuevo León, comenzaron a bloquearse carreteras, a quemarse vehículos y a sembrar el miedo.

No pasa nada, dice el boletín oficial.

El asunto es clarísimo, y el gobierno no ha querido ver lo que le dicen a diario desde los Estados Unidos: el gobierno mexicano NO manda sobre más de la mitad de nuestro territorio. Está en manos de los criminales.

¿No será que estamos abatidos?

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Dicen los que saben de estas cosas que, a la muerte del Mencho, inevitablemente surgirá otro Menchito, Chapito o como se quiera llamar. La cabeza de la hidra.

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