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No se necesita ser un experto en economía para entender el significado de la palabra inflación: basta con ir al mercado, en busca de alimentos básicos, o —si se tiene un automóvil— pedir que le llenen el tanque, si no es —por ahora— “de la verde”. La definición del término es sencilla: todo cuesta más y el dinero compra menos.

Los que saben de esto dicen que la inflación a la tercera semana de marzo llegó a 4.63% anualizada, una cifra alarmante. Dentro de los principales sospechosos, unos radican en la canasta básica, como los precios del tomate, que subió en este trimestre 32%, las calabacitas un 17, y el limón, casi 14%. De paso hay que recordar que este carga con el sobreprecio de las cuotas de los narcos, que cobran derecho de piso a los limoneros.

Poco se menciona en las noticias que hay dos tipos de inflación: la inflación, inflación, y la subyacente. La cifra del 4.63% corresponde a la primera y para sus indicadores toma en cuenta los productos de la canasta básica, los energéticos y otras nimiedades, que son muy fluctuantes, sobre todo cuando hay guerras, que siempre hay.

La inflación subyacente, me dicen, es para gente grande y anda por encima del 5%. Con base en ella el Banco Central, BANXICO, marca la tasa de interés que México paga al capital; hoy es el 7%.

Para el peatón como yo, cuando el crecimiento del producto interno bruto está por debajo de la inflación, las cosas andan muy mal. Para finales de 2026 se espera que el PIB crezca entre el 1.3 y 1.7%. La inflación, dijimos, YA llegó al 4.63.

Ahora, la inflación regular es volátil. La subyacente, no tanto, y se basa mucho en las tendencias. Lo cual no es esperanzador para la inflación de los pobres, que no se puede separar mucho de la otra: en enero fue del 3.71%, en febrero 4.02 y en marzo el ya mencionado 4.63%. Y eso no es una tendencia a la baja, si entiendo bien.

Al oír inflación nos viene a la mente la figura del globero, no tanto por la similitud fonética con el verbo inflar; es que los globos inflados de helio rompen la ley de gravedad de Newton, que, para que yo le entienda, dice que todo lo que sube tiene que bajar. Y eso, me cae, no se aplica a los precios.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): En estos tiempos nuestros ha surgido una corriente que yo llamo la memoria repentina. Resulta que, de pronto, matronas de edad avanzada se acuerdan que hace 30, 40 o más años, tal o cual señor abusó sexualmente de ellas.

La única prueba que aportan son sus recuerdos.

El fenómeno, curiosamente, nos viene a descubrir facetas desconocidas de varones que hoy en día son famosos, muchos de ellos muy adinerados, y uno que otro fallecido; estos últimos no pueden exigir el derecho de réplica.

Eso le está pasando a la memoria de César Chávez, icónico líder de los campesinos chicanos de California, que encabezó un potente movimiento desde los años cincuenta en condiciones adversas.

Hoy los californianos andan viendo cómo renombrar las calles y plazas que llevan el nombre de Chávez, quitar sus estatuas y anular el festejo que Barack Obama instituyó como el día de César Chávez, el 31 de marzo; él nació en esa fecha en 1927.

Yo no voy a defender a César Chávez ni a ninguno de los presuntos abusones. Lo único que me inquieta es ¿por qué hasta hoy vienen a la mente de estas mujeres esos recuerdos que, por su naturaleza, debieron ser en su momento muy traumáticos?

Si es que existieron.

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