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Luisa María Alcalde, presidenta del movimiento Morena, que no reúne las condiciones para ser llamado partido, presumía ayer como una victoria la aprobación en la Cámara de Senadores del llamado Plan B, con b de la bictoria, que en mi pueblo todavía llamamos b de burro. Muchos periódicos diarios de la Ciudad de México publicaron en sus primeras planas la fotografía de tres personeros de Morena, Partido Verde y PT elevando sus manos entrelazadas en muestra de sonriente y jubiloso éxito.

Para que haya un triunfador tiene que haber un vencido. De otro modo, no vale. Algunos observadores dirán tal vez que los derrotados son los duros extremistas de Morena, que a huevo querían arrastrar a la señora presidenta con A de Patria, para que apareciera con toda la banda en las boletas electorales del 2027, con el pretexto de una ratificación de mandato. Suponían que el índice de aceptación de doña Claudia —real o inflado— jalaría una gran cantidad de votos para los pajes que le irían levantando la larga cola de su vestido.

El punto 35 del Plan B, que establecía ese detalle, fue rebotado por uno de los cómplices convenencieros, el señor Alberto Anaya, dueño de la franquicia PT; por eso no alcanzó la mayoría que necesitaba para su aprobación. Comparado con el plan original, la descafeinada iniciativa de reforma constitucional electoral dejó intactos los procedimientos para nombrar a los legisladores plurinominales y el dinero que de nuestros impuestos se entrega a los dirigentes de los partidos políticos, que no es poco.

Para justificar esos retrocesos obligados, la señora Alcalde subrayó que era un triunfo para su movimiento el que esos temas se hayan puesto sobre la mesa y en la discusión nacional, que todavía verá muchos amaneceres. De manera que no hay vencidos, así que no puede haber triunfo.

Me equivoco; sí hay un perdedor. Lo es el federalismo que muy orondo se plantea en el artículo 40 de la manoseada Constitución, que a la letra dice: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en TODO lo concerniente a su régimen interior”. Las mayúsculas son una cortesía de su servilleta.

Pues a partir de que lo resuelto en San Lázaro se publique en el Diario Oficial de la Federación, eso ya no vale. El número de integrantes de los congresos de los estados “libres y soberanos” —así se llaman—, su presupuesto y los emolumentos de sus representantes del pueblo, quedan establecidos según el texto que alguien pergeñó y la señora Sheinbaum firmó y mandó a que lo aprobaran. Lo mismo sucede con el número de regidores y síndicos de los cabildos de los municipios “libres” en todo México, sus pesos y centavos según la austeridad morena.

Victoria pírrica, no hay duda. No alcanza para que el Pirro vencedor de hoy repita la frase histórica: “otra victoria como esta y me regreso solo a mi casa”, pero es un triunfo que se inscribe en la tendencia del cuatrote, que es reproducir el modelo del viejo PRI: centralista, monárquico, omnímodo, piramidal, con un discurso disfrazado de democrático e incluyente y con una práctica de poder personalizado en un gran Huey Tlatoani, “el de la voz”.

Sí, ya sé: la de la voz.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Todos conocemos la acendrada costumbre del sistema mexicano de las puertas giratorias. Especialmente en las cuestiones penales. Suele suceder que la policía logra a veces capturar a un delincuente y ponerlo a disposición del Poder Judicial “nuevo”, al que el malhechor entra por una puerta.

El nuevo Poder Judicial, sí, el que salió en la lotería de los acordeones, que a diferencia del anterior acusado de corrupto, agrega a sus cualidades la de inepto. Carentes de lo que llamamos “el oficio”, son incapaces de consignar, juzgar y castigar al reo, que irónicamente por falta de méritos sale por la misma puerta giratoria por la que entró, a seguir con lo que su vocación le dicta, ya sea vender droga, extorsionar, robar o matar.

Y luego se asombran de que la gente no quiera presentar denuncias en contra de los maleantes: se los volverán a encontrar en la calle, vengativos. Además, el sistema sirve para alimentar las estadísticas de los gobiernos sobre la disminución de la delincuencia.