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Los países desarrollados se convirtieron en grandes consumidores de bienes y servicios, a través de deuda.

El voto a favor del Brexit en el Reino Unido; el ascenso de Donald Trump y la popularidad de Bernie Sanders en Estados Unidos; el crecimiento de movimientos como Podemos en España; Cinco Estrellas en Italia, y el Frente Nacionalista de Marine Le Pen en Francia tienen un común denominador: ven en el libre comercio y la globalización una de las razones principales del descontento de muchos ciudadanos.

El rechazo a la globalización y la resistencia al libre comercio no es exclusivo de los políticos más radicales, el Partido Demócrata en Estados Unidos, en plena campaña política, también ha expresado su rechazo a nuevos acuerdos comerciales como el Trans-Pacific Partnership (Acuerdo de Asociación Transpacífico —TPP, por su sigla en inglés—), y Hillary Clinton no se caracteriza por ser una gran defensora del libre comercio.

En términos de teoría económica y en la práctica también, el libre comercio y la globalización sin duda han tenido un impacto positivo en el crecimiento económico global y han contribuido a que millones de personas en el mundo emergente dejen la pobreza; no obstante, la globalización también ha dejado damnificados.

A partir de la segunda mitad de la década de los 80, cuando comenzó la más reciente era de apertura económica, la globalización permitió que Estados Unidos y otros países desarrollados se convirtieran en grandes consumidores de bienes y servicios, financiados por un creciente endeudamiento tanto del sector privado como del público. Mientras tanto, los países emergentes se convirtieron en grandes proveedores de estos bienes y servicios.

Expertos como el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, argumentan que la apertura económica y la globalización también trajeron un crecimiento inusitado en la productividad manufacturera, a tal grado que el crecimiento en la oferta de bienes manufacturados empezó a ser superior a la demanda. Esto a su vez provocó una disminución en el empleo manufacturero, desplazando a un número muy importante de trabajadores al sector servicios.

Stiglitz compara esta situación con lo ocurrido a principios del siglo XX, cuando un aumento sin precedentes en la productividad agrícola desplazó a millones de personas del sector rural a los centros urbanos de manufactura, coincidiendo con la Gran Depresión de 1929-1932. Stiglitz considera que el fenómeno del desplazamiento de los empleos manufactureros al sector servicios —donde las remuneraciones suelen ser inferiores— ha tenido como consecuencia otro grave problema: una creciente desigualdad social.

Asimismo, la globalización ha traído consigo un periodo de baja inflación a nivel mundial, incluyendo un estancamiento en los salarios reales en varios países. Para Stiglitz, los beneficios de la globalización han sido principalmente capturados por las clases medias de los países emergentes y por las clases altas de los países desarrollados, mientras que los más afectados han sido aquellos en la parte baja del escalafón de las clases trabajadoras en las economías avanzadas.

Para evitar el peligroso ascenso de movimientos nacionalistas y personajes como Trump, los gobiernos deben buscar mecanismos para asegurar que los beneficios del libre comercio se distribuyan de una manera más equitativa.

Para Stiglitz, los gobiernos de los países desarrollados deben invertir recursos públicos para jugar un papel mucho más activo en el financiamiento de los servicios básicos de la población como la educación y la salud, dejando en un plano secundario la inversión en infraestructura y otros subsidios que tienen un retorno más limitado.

Para Stiglitz, lo que han hecho los países escandinavos es un gran ejemplo, ya que se han abierto al libre comercio bajo un contrato social de asistencia.