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La elección de Donald Trump en Estados Unidos, el voto a favor del Brexit en el Reino Unido, el triunfo de Rodrigo Duterte en las elecciones de Filipinas, el ascenso de movimientos como Podemos en España, Cinco Estrellas en Italia y el Frente Nacionalista de Marine Le Pen en Francia tienen un eje común estratégico: el populismo.

Los líderes de todos estos movimientos han capitalizado el descontento de sectores importantes de la población en sus países para ganar fuerza al darles esperanza de un cambio y, sobretodo, identificando a los “culpables” del deterioro en las condiciones de vida de estos sectores: la globalización, el libre comercio, la migración, la diversidad religiosa y étnica y el establecimiento político de siempre. Adicionalmente, estos movimientos han explotado el miedo y la frustración, fomentando el odio y la división como exitosas herramientas de motivación al voto.

La mayoría de los expertos coinciden en que la globalización, impulsada por el libre comercio y la migración, ha tenido un impacto positivo en el crecimiento económico global y han contribuido a que millones de personas en el mundo emergente dejen la pobreza. No obstante, esta dinámica también ha dejado damnificados.

A partir de la segunda mitad de la década de los 80, que comenzó la más reciente era de apertura económica, la globalización permitió que Estados Unidos y otros países desarrollados se convirtieran en grandes consumidores, financiados por un creciente endeudamiento, mientras que los países emergentes se convirtieron en grandes productores.

Para expertos como el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, la apertura económica y la globalización también trajeron un crecimiento inusitado en la productividad manufacturera, a tal grado que el crecimiento en la oferta de bienes manufacturados empezó a ser superior a la demanda.

Esta situación, aunada a al desarrollo tecnológico y la automatización, provocó una disminución en el empleo manufacturero, desplazando a un número muy importante de trabajadores al sector servicios. Stiglitz considera que el fenómeno del desplazamiento de los empleos manufactureros al sector servicios —donde las remuneraciones suelen ser inferiores— ha tenido como consecuencia otro grave problema: una creciente desigualdad social.

Para Stiglitz, los beneficios de la globalización han sido principalmente capturados por las clases medias de los países emergentes y por las clases altas de los países desarrollados, mientras que los más afectados han sido aquellos en la parte baja del escalafón de las clases trabajadoras en las economías avanzadas. El problema ha sido bien identificado y capitalizado por los movimientos populistas, sin embargo, ninguno de estos movimientos ofrece soluciones reales.

Para evitar el peligroso ascenso de movimientos nacionalistas y populistas, los gobiernos deben buscar mecanismos para acelerar el crecimiento económico y asegurar que los beneficios se distribuyan de una manera más equitativa. Para muchos expertos, los gobiernos deben de priorizar la inversión pública en tender una red más amplia de servicios básicos para la población como la educación y la salud.

Asimismo, Christine Lagarde del Fondo Monetario Internacional, argumenta que el gobierno y el sector privado deben invertir en programas de capacitación y reinserción laboral para los damnificados de la globalización y el cambio tecnológico. Adicionalmente, los gobiernos deben mejorar el marco regulatorio y fiscal para fomentar la creación de empleo y de nuevos negocios. Para Stiglitz, un ejemplo exitoso es lo que sucede en los países escandinavos, donde la globalización se ha dado bajo un amplio contrato social de asistencia.