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A pesar de la lenta pero larga recuperación que ha vivido la economía estadounidense después de la Gran Recesión del 2009, Estados Unidos se ha sumido en un círculo vicioso donde las posturas políticas se han polarizado y alejado de la sociedad, creando una especie de “recesión política”. La percepción de la gente, que no está muy alejada de la realidad, es que la clase política ha velado por sus intereses y por perpetuar su modus vivendi, llegando al extremo en el que sólo hay capacidad de acuerdos cuando el motivo va en línea con estos objetivos.

Esta clase de hartazgo es lo que ha llevado a candidatos antiestablishment al poder en otros países; como Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Ollanta Humala en Perú, Lula en Brasil y Alex Tsipras en Grecia, por mencionar a algunos. Este mismo hartazgo, aunado a una serie de eventos circunstanciales, fue el que llevó a Donald Trump a la presidencia en Estados Unidos. Su promesa de “drenar el pantano” e inyectar un sentido más empresarial a la política hizo eco en un sector importante de la población que, a pesar de estar en contra de las ideas más radicales y potencialmente disruptivas de Trump, en otros temas decidió apoyarlo con su voto.

Desafortunadamente, la promesa de terminar con la parálisis legislativa y gubernamental para tomar medidas que contribuyan a mejorar la competitividad y capacidad de crecimiento de la economía estadounidense ha sido opacada por una crisis de disfuncionalidad y aparente incompetencia.

La remoción del director del FBI la semana pasada ha profundizado la recesión política al grado que amenaza con convertirse en el principio del fin de la racha alcista en los mercados accionarios de Estados Unidos observada desde la elección de Donald Trump. La controversia generada por esta decisión pone en riesgo la implementación de la agenda económica de Trump, a la que le han apostado tanto los mercados.

A partir de la elección de Trump, los mercados comenzaron a descontar un escenario de mayor crecimiento económico anclado en cuatro factores: i) la expectativa de recortes en los impuestos; ii) una mayor inversión pública en infraestructura; iii) la posible desregulación de varios sectores; y iv) el final de la parálisis legislativa al tener al mismo partido al mando del Poder Ejecutivo y las dos Cámaras legislativas.

La combinación de estos fundamentos positivos, en el contexto de una recuperación cíclica en la economía global, ha contribuido a que los mercados desdeñen ciertos factores de riesgo como el alto grado de incertidumbre en cuestiones de comercio internacional y geopolítica, así como la ausencia de planes concretos y articulados en cuestiones de política económica. Sin embargo, la remoción de James Comey como director del FBI, justo en el momento en el que encabezaba la investigación sobre posibles lazos de colusión entre la campaña de Trump y Rusia, ha sido interpretada por varios observadores como el comienzo de un nuevo Watergate.

Aunque los legisladores republicanos han mantenido un silencio cauto, medidas tan controversiales como ésta solamente empantanan el ambiente político y complican el pasaje por el Congreso de la agenda económica de Trump y por lo tanto su implementación. El fracaso inicial de la reforma al sector salud impulsada por el presidente Trump y el Partido Republicano y su posterior aprobación al vapor en la Cámara de Representantes —con la consecuente crítica del Senado— han sido interpretados por los mercados como un golpe al resto de la agenda legislativa de la nueva administración.

La remoción del director del FBI y sus posibles ramificaciones políticas, aunadas a la creciente evidencia de conflictos de interés familiares dentro de la misma administración, podrían ser un golpe aún más fuerte a la agenda económica que ha sido factor clave de impulso para a los mercados. ¿Estaremos ante el principio del fin del bull market?