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Cuando a las 7:19 de la mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 un terremoto provocó la peor tragedia que ha sufrido Ciudad de México, nadie podía imaginar sus dimensiones.

El entonces Distrito Federal estaba incomunicado, no había teléfonos, Televicentro en avenida Chapultepec, desde donde escribo estas líneas, se había venido abajo atrapando en la muerte a decenas de compañeros y amigos, yo empecé a transmitir por el recién creado canal 7 de Imevisión, pero nadie podía dimensionar la magnitud de la catástrofe.

Recuerdo que comenzaron a llegar las primeras imágenes de edificios reducidos a escombros, irreconocibles, pero no llegaba la información, estábamos incomunicados.

El Ejército ya en la calle por una reacción innata para ocuparse en las primeras tareas de ayuda y orden, pero el caos superaba todo.

En Los Pinos, el presidente Miguel de la Madrid estaba aislado e incomunicado; para los demás, ausente.

No podía recibir información más que por los sistemas de radio del personal del Estado Mayor Presidencial, que lo recibía de la Secretaría de la Defensa Nacional pero le impedían catalogar la hecatombe.

Televisa se incorporó a la información a las pocas horas desde las instalaciones de San Ángel y Jacobo Zabludovsky había reporteado, incansable, desde los restos del Centro y las colonias Roma, Condesa, Del Valle, Doctores, vía el teléfono de su viejo Mercedes Benz.

La desesperación sacó a la gente a la calle, y en la calle a organizarse, y algunos a enfrentar a los militares hasta que recibieron la orden de volver a sus cuarteles, lo que cumplieron como siempre.

La ciudad, además de rota, seguía incomunicada, había caído la central de Teléfonos de México en Victoria, llevándose las líneas telefónicas.

El presidente De la Madrid salió a la calle a hacer algunos recorridos al día siguiente y a grabar un mensaje. Pero ya le reprochaban lo que algunos llamaron ausencia, que él siempre negó y en su libro ratificó.

Ahora, exactamente 32 años después, siendo este otro país, la naturaleza nos vino a recordar brutalmente la pequeña dimensión del ser humano frente a ella, como lo había hecho 12 días antes, el jueves 7, con un primer terremoto superior al de 1985, pero sin daños ni víctimas en Ciudad de México, daños y víctimas que se multiplicaron en Chiapas y Oaxaca, pero el martes fue otra vez Ciudad de México.

Pero ya había otra cultura de prevención social, que no había entonces, y otros medios de comunicación, redes, que tampoco existían ni en sueños, que permitieron que el sismo se siguiera e informara, se conociera y sufriera, en tiempo real.

Y si en 1985 surgió lo que luego llamarían sociedad civil, en la distancia primaria del gobierno y la dimensión del siniestro, hoy, con el humor social que se vive, ¿podría nacer otra organización ciudadana, que ya se ve en las ayudas y voluntariados?

Podría ser, pero no veo una ausencia de gobierno en la tragedia, un ánimo social como entonces ni tampoco a quien pudiera encabezarla hoy.

Nos vemos mañana, pero en privado

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