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El terror a lo conocido
Foto de Ana Paula Cámara

Como cualquier helada noche de invierno, la temperatura rondaba los menos 8 grados centígrados, es una sensación que te mantiene alerta por el instinto de supervivencia que posee el ser humano, ese intento por preservar la vida ante cualquier situación que sea considerada una amenaza, en este caso el riesgo de la hipotermia.

La piel se enfría, las articulaciones se endurecen, por ende la motricidad fina, ese coordinar el dedo índice con el pulgar se entorpece y parpadear duele un poco, los globos oculares se resecan, por dentro la nariz arde al respirar, la sensación de sed es mayor.

Debes procurar ingerir suficientes calorías para mantener tu cuerpo cálido, tener los calcetines secos y la cabeza cubierta, estar a la intemperie por tiempos prolongados a esa temperatura requiere astucia.

Nos encontrábamos en una zona considerada tierra de nadie, un área donde entrar significaba la posibilidad de no regresar, una especie de zona del silencio, víboras de cascabel, plantas rodadoras y la nada.

Se había reportado por la frecuencia, tres hombres asesinados, sin mas detalle.

Llegamos al lugar que nos indicaban las coordenadas, las luces de la camioneta solo reflejaban tres metros al frente, la oscuridad era total, el silencio te inunda el cuerpo con dosis de adrenalina constantes, esa mezcla entre miedo a lo desconocido y el terror a lo conocido, no encontramos nada, seguimos avanzando un kilómetro y medio, nada…

A lo lejos un vehículo nos hacía cambio de luces, nos indicaba que nos acercáramos, sabíamos que era una moneda al aire, podría indicarnos donde estaban las víctimas o convertirnos en víctimas, las decisiones se toman en micras de segundo, nos acercamos, ese compromiso con dar voz a quienes fueron callados es poderoso.

Me bajé lento de la camioneta, aquí cualquier movimiento rápido puede percibirse como amenaza por alguien con los sentidos alterados por insuflación de benzoilmetilecgonina y con el dedo tembloroso en el percutor, me ajuste el chaleco, cerré los ojos y le pedí a la vida que mi madre tuviera la certeza de dónde me dejaron en caso de cualquier cosa.

Le hice la seña cotidiana a mi compañero que significa “me cuidas, te cuido”, y nos acercamos a los dos hombres que estaban en una todoterreno, quienes nos indicaron el lugar donde estaban inhumados clandestinamente tres hombres, tras esto se fueron inmediatamente.

En ese momento, se me quitó la sensación de frío, necesitábamos pedir apoyo a través del ‘Matra’, la noche sería muy larga.