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El pasado 19 de octubre se cumplió el 30 aniversario del crack bursátil de 1987, conocido como Black Monday. En aquel día, el índice Dow Jones tuvo una estrepitosa caída de 22.6 por ciento. El crack se dio después de un rally de más de cinco años que comenzó en agosto de 1982, cuando Ronald Reagan implementó una serie de estímulos fiscales e impulsó iniciativas de desregulación en varios sectores como parte de un esfuerzo de política económica para revertir la doble recesión que azotaba a la economía americana en ese entonces.

El inicio del rally en agosto de 1982 fue precedido de un fuerte ajuste en los mercados, el índice Dow Jones perdió casi una cuarta parte de su valor entre abril de 1981 y agosto de 1982. El gran mercado alcista que comenzó en 1982 llegó a su máximo esplendor en agosto de 1987, cuando el Dow Jones alcanzó un máximo histórico de 2,722 puntos, lo que representaba un alza de 44% contra el cierre de 1986. A partir de esa fecha, el rally comenzó a mostrar señales de agotamiento ante un fuerte incremento en los precios del petróleo, una desaceleración de la economía americana y crecientes tensiones geopolíticas.

Durante los días que precedieron al Black Monday, el Dow Jones ya se encontraba 12% por debajo de su máximo de agosto, sin embargo, nadie estaba preparado para lo que sucedería el 19 de octubre. El desplome comenzó en los mercados asiáticos y se extendió a los mercados europeos para posteriormente llegar a Estados Unidos y finalmente a Australia. La caída se extendió por varios días y para el cierre de octubre el Dow Jones había perdido otros 3 puntos porcentuales. La caída se atribuye a varios factores, entre los que destacan una sobrevaluación de los mercados, un fuerte incremento en la participación del trading electrónico a través de programas automatizados, una ola de pánico generalizado y la ausencia de medidas y protocolos en los mercados bursátiles para limitar operaciones de manera temporal en medio del caos.

El crack de 1987 es lo que se conoce como un cisne negro. De acuerdo con la teoría desarrollada por Nassim Nicholas Taleb, un evento de cisne negro es aquel cuya ocurrencia se considera prácticamente imposible con base en la evidencia histórica y cuyas consecuencias son de implicaciones históricas. Además, Taleb argumenta que a pesar de que su previsión fue nula, una vez que sucede, todo cisne negro suele ser perfectamente justificable por los seres humanos, gracias al beneficio de la retrospección.

La teoría de Taleb tiene como origen un antiguo supuesto europeo del siglo XVII, que argumentaba que la existencia de un cisne negro era imposible. Este supuesto se basaba en el simple hecho de que hasta entonces no se tenía conocimiento de la existencia de algún cisne que no fuera blanco.

Después del descubrimiento de una especie de cisnes negros en Australia en el siglo XVIII, el término se empezó a usar para describir algo que súbitamente sucedía y que anteriormente se percibía como imposible. El último cisne negro que hemos vivido en los mercados fue la crisis financiera del 2008-09.

Por un lado, muy pocos pronosticaron la serie de eventos que desencadenaron la quiebra del sistema financiero a nivel global y desa-taron una crisis económica sin precedentes. Por el otro, con el beneficio de la retrospección, resulta evidente que había claras señales de alarma y resulta sorpresivo que tan pocos se hayan percatado de ellas. Ante este recordatorio vale la pena preguntarse: ¿dónde está el siguiente cisne negro? Aunque los observadores de mercado no pueden tomar sus decisiones basados en el miedo a la aparición de un nuevo cisne negro, tampoco debemos olvidar que los cisnes negros (tal vez naranjas y rubios en este caso) sí existen.