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Por más que en dos años hayan sido cumplidos 97 de los 100 compromisos presidenciales, promediarlos carece tanto de sentido como esperar que los que faltan puedan ser satisfechos en poco más de tres semanas.

Un acierto plausible del mensaje de ayer es la ausencia de diatribas: Andrés Manuel López Obrador no arremetió contra el neoliberalismo ni los “intelectuales orgánicos”, aunque no resistió, con mentiras, hacer una única mención a quienes ve como sus adversarios: “Desde Francisco I. Madero, nunca un presidente había sido tan atacado como ahora; los conservadores están enojados porque ya no hay corrupción y perdieron privilegios…”.

Lo desatinado es que insista en reducir a un centenar de promesas la tarea de transformar el país y que equipara con la Independencia, la Reforma y la Revolución, pero no únicamente por lo limitado de la cifra sino por lo insulso de algunas de ellas.

Por ejemplo: que los funcionarios “no podrán convivir en fiestas, comidas, juegos deportivos o viajar con contratistas, grandes contribuyentes, proveedores o inversionistas vinculados a la función pública” (40); ni “ocupar en su domicilio a trabajadores al servicio del Estado, si no lo tiene permitido o no cuenta con autorización para ello (41); tampoco “cerrar calles, detener el tráfico o pasarse los altos o estacionarse en lugares prohibidos” (42); que “se tratará con amabilidad a los ciudadanos en las oficinas públicas y en cualquier lugar, aceptando con humildad que ellos son los mandantes de nosotros, los servidores públicos…” (50).

Otros que da por cumplidos son obligaciones constitucionales, tales como respetar la independencia del Banco de México, la libertad de expresión o a los poderes Legislativo y Judicial.

Y los hay de dudosa veracidad, sobresaliendo la afirmación de que ya no hay impunidad ni corrupción.

Debe reconocerse que no se ha vencido el plazo que el Presidente se fijó para otro compromiso que la pandemia vuelve menos realizable, el que en las “benditas redes sociales” está siendo tema de escarnio y que AMLO da ya por “cumplido”: “Se hará realidad el derecho a la salud.

El propósito es garantizar a los mexicanos atención médica y medicamentos gratuitos; comenzaremos en las unidades médicas del Seguro Social ubicadas en las zonas más pobres del país y poco a poco se irá ampliando el programa hasta que logremos, a mediados del sexenio, establecer un sistema de salud de primera, como en Canadá o en los países nórdicos…” (13).

Variante de la misma melodía de las conferencias mañaneras, el discurso del segundo año en la Presidencia puntualiza los compromisos que no han sido satisfechos ni lo serán en lo que resta del sexenio: una distinta verdad a la única que se ha investigado y documentado sobre la desaparición y asesinato de los normalistas de Ayotzinapa; impulsar las energías renovables cuando en realidad se desalienta su crecimiento y la cada vez más remota descentralización del gobierno federal.