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Lo común es que los delitos sean cometidos por personas de carne y hueso, no por instituciones legalmente constituidas, pero abundan casos en que las faltas individuales terminan siendo alcahueteadas por las asociaciones y organismos públicos y privados que merecen la sanción más enérgica posible.

En estos días, por ejemplo, hay dos casos ilustrativos de probable comportamiento criminal: el candidato de Morena a la gubernatura de Guerrero y el obispo de Ciudad Victoria.

Sobre Félix Salgado Macedonio pesan graves acusaciones de abuso sexual que no han sido probadas en tribunales porque jamás ha sido sometido a juicio, pero son de tal resonancia que lo prudente será que su partido Morena, con un explicable “lo sentimos mucho”, le retire el andamio y postule a cualquier otro aspirante con imagen menos abominable que la de un depredador.

En el caso de monseñor Antonio González Sánchez, un pobre diablo técnicamente idiota, la Conferencia del Episcopado Mexicano debe, con prestancia y en congruencia, poner el grito en el cielo y aplicarle una ejemplar sanción por andar predicando contra el cubrebocas o, mejor, promover ante el Vaticano su baja, ya que en su mensaje pastoral dijo de manera implícita que sus camaradas en la nomenklatura de la Santa Madre (del Papa Francisco para abajo) son una runfla de farsantes al recomendar ese accesorio como preventivo contra la peste, en vez de exhortar a la grey a solo encomendarse a Dios. Reiterativa y vehemente su homilía del domingo: “El famoso cubrebocas es no confiar en Dios, es no confiar en Dios, no confiar en Dios…”.

Lo de Salgado Macedonio apesta: Morena lo candidateó porque ganó en las encuestas de popularidad entre los guerrerenses, y varios de sus correligionarios, cuando se refieren a las presuntas violaciones de mujeres, alegan que de una de ellas el delito “ya prescribió”. Ungido ya como candidato, la Comisión de Honestidad y Justicia del partido no solamente probó ya ser incapaz de hacer su tarea con oportunidad, sino toleró que los abogados del acusado hostilizaran a una valiente víctima, en tanto que a los defensores de la agraviada les impidió presenciar los alegatos del poderoso inculpado.

Para el obispo imbécil tampoco hay mayores consecuencias (como por años no las hubo contra Marcial Maciel) de la institución que representa, quizá porque menos aún las hubo para condenar los dichos del corrosivo cardenal Juan Sandoval Íñiguez, quien afirmó que Bill Gates es responsable de otra pandemia “que vendrá en un futuro”, y contra la actual recomendó a sus fieles inmunizarse mediante la ingestión… de guayabas.

Si es detestable la impunidad de que gozan probables delincuentes por la eventual comisión de crímenes como es el caso Salgado, o los autores intelectuales de la promoción de contagios de enfermedades letales como el par de sotanudos de Ciudad Victoria y Guadalajara, la conducta de las instituciones a las que pertenecen es vomitiva.