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Aunque el de México es casi el único gobierno del mundo libre que desdeña el Covid-19, quienes aquí entren en cuarentena por sabia decisión personal (y decidan leer sobre epidemias) deberían echar mano al libro que renovó el periodismo para renovar la literatura.

Diario del año de la peste, de Daniel Defoe (1660-1731), recrea, en la búsqueda de una realidad distinta a la literal, la plaga de Londres en 1665, con sus estragos humanos y económicos.

Sí, Dofoe es más recordado por Robinson Crusoe: esa feliz imaginación literaria a partir de la huella que vio el náufrago escoses Alexander Selkirk en la arena de una isla perdida a la altura de Chile, en 1703.

Pero Diario del año de la peste es mejor, porque, con la búsqueda de una realidad distinta a la literal, Defoe encontró la verdad literaria. Y lo logró a través de la mejor herramienta narrativa que existe: el periodismo.

Defoe fue pionero en alimentar la imaginación con datos de la realidad, un procedimiento narrativo esencial en la novela de no ficción: un estilo que, 250 años después, encandilaría al mundo con A sangre fría, de Truman Capote.

Una genialidad, pues Defoe tenía cinco años cuando la peste pasó por Londres, con su huella de muerte, miedo y desolación. Pero escribió Diario del año de la peste a los 62 años, en forma de relato ficticio de las experiencias de un superviviente.

Muchos de los nombres de los muertos corresponden a personas fallecidas durante la epidemia: también datos, estadísticas oficiales, la evolución de la plaga vienen de la realidad. Defoe les agrega las calles llenas de cadáveres, el llanto, los olores… el ingenio:

“A veces, caían muertos en el mercado, ya que muchos que estaban incubando la peste ignoraban que estaban enfermos hasta que la gangrena interna atacaba sus órganos y morían en minutos. Los carniceros habían tenido la precaución de tener siempre a mano a los oficiales, para que si alguna persona moría dentro del mercado, la recogieran con unas parihuelas y la llevaran al cementerio más cercano”.

A lo largo de dos siglos, Diario del año de la peste estuvo en el centro de la discusión sobre la ética, en el entendido de que, tanto el discurso periodístico como el literario poseen una dimensión ética con límites.

En el periodismo, es simple: los hechos tienen que ser reales. Pero es más complejo en el discurso literario, pues tiene que ver con la autenticidad literaria, que no implica veracidad ni objetividad históricas.

Por eso lo mejor de Diario del año de la peste es que muestra cómo todos somos iguales ante las plagas, cuando la lucha por la vida pone al descubierto todas las miserias humanas.

Pero también todas las bondades.