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China publicó sus cifras de crecimiento económico para el primer trimestre del año, las cuales se ubicaron en 7%, su nivel más bajo en décadas. El dato no es sorprendente, ya que el lunes se dio a conocer el dato mensual más reciente para las exportaciones en China, revelando una caída de 15% con respecto a marzo del año pasado, cifra muy inferior a la expectativa de mercado, de un incremento de 12 por ciento.

Estos datos son señales contundentes de que la desaceleración de la economía china es un tema estructural y no uno cíclico, que se pueda resolver con políticas monetarias y fiscales contracíclicas.

Aunque el gobierno chino ha venido disminuyendo sus proyecciones de crecimiento de manera consistente durante los últimos años, llegando a un objetivo de 7.0% para el 2015, siempre existe la tentación de recurrir a políticas económicas de estímulo para intentar detener el ritmo de desaceleración.

Hay varias razones estructurales por las cuales el crecimiento potencial de la economía china ha venido disminuyendo durante los últimos años, con una tendencia que continuará inevitablemente. Por un lado, la fuerza laboral viene creciendo a una tasa cada vez menor, ya que la población en edad de trabajar se está encogiendo debido a la política de control de natalidad implementada en 1979. Tal es la preocupación de esta situación que a partir del 2013 China relajó considerablemente dicha política de natalidad.

Parte de la reducción en la oferta laboral ha sido contrarrestada por un incremento en el acervo de capital mediante un crecimiento masivo de la inversión pública en infraestructura y otros bienes de capital. Para darse una idea, la inversión pública en infraestructura ha alcanzado más de 50% del PIB en comparación con otras economías en fase acelerada de desarrollo que tienen niveles más cercanos a 30% del PIB.

La velocidad a la que ha venido creciendo el acervo de capital ha provocado un problema de sobrecapacidad y retornos decrecientes. La buena noticia es que el gobierno chino parece estar dispuesto a no caer en la tentación de implementar medidas masivas de estímulo fiscal como lo hizo en el 2009-10 y está implementando reformas estructurales concretas para facilitar la transición del modelo económico a una nueva etapa basada en el consumo doméstico como principal motor de crecimiento.

El reto es complicado, ya que los consumidores chinos mantienen una baja propensión a consumir y un alto nivel de ahorro a pesar del crecimiento observado en el ingreso disponible. Sin embargo, éste es un proceso que no tendrá resultados inmediatos y el gobierno chino lo sabe.

No obstante, el gobierno tampoco está dispuesto a permitir una desaceleración más brusca y por eso ha encomendado al banco central (Banco Popular de China) a relajar su política monetaria iniciando un ciclo de baja en las tasas de interés y no se descarta la implementación de medidas de expansión monetaria cuantitativa similares a las que ha usado la Fed y que ahora están implementando el Banco Central Europeo y el Banco de Japón. Sin embargo, estas medidas pueden ser percibidas por los socios comerciales de China como un canal expreso para estimular la depreciación del yuan y limitar la pérdida de competitividad ante otras monedas. Esta situación, en combinación con la fuerte apreciación del dólar, podría desatar represalias comerciales por parte de Estados Unidos en la forma de proteccionismo.

La apuesta de China es que sus reformas estructurales comenzarán a rendir suficientes frutos para no tener que recurrir a la tentación de los estímulos monetarios y fiscales de manera recurrente. Por el bien de la economía global, esperemos que así sea.