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Después de una pausa durante marzo, las tasas de interés de largo plazo en Estados Unidos (la tasa del bono del Tesoro a 10 años) han retomado su movimiento alcista para llegar a su punto más alto desde finales del 2013 y acercarse a la barrera psicológica de 3 por ciento. Aunque el incremento comenzó desde principios de abril, el alza se aceleró a partir de la semana pasada.

Para dar un poco más de contexto, vale la pena recordar que a principios de diciembre del año pasado, la tasa de interés de largo plazo se ubicaba en 2.32%, nivel que parecía artificialmente bajo dado el contexto de pleno empleo, una economía creciendo a una tasa vigorosa y una Reserva Federal (Fed) deshaciéndose de parte de los bonos de largo plazo que fue acumulando durante su programa de expansión cuantitativa.

Una de las razones más importantes detrás de este nivel tan bajo era la ausencia de presiones inflacionarias y la expectativa de que la Fed no subiría las tasas de corto plazo en más de tres ocasiones durante el 2018.

Aunque la inflación se mantiene bajo control, la reciente alza en los precios del petróleo y la gran fortaleza del mercado laboral han sido interpretadas como señales de futuras presiones inflacionarias que podrían obligar a la Fed a tomar una postura más agresiva en cuanto a la trayectoria de alzas, posiblemente incluyendo un cuarto incremento en el 2018.

Durante los últimos nueve años, la constante amenaza de deflación y recaída económica acompañada de una ausencia de estímulos fiscales para apuntalar la actividad económica llevó a la Fed a favorecer ampliamente la porción de su mandato enfocada en procurar el pleno empleo.

Sin embargo, en el contexto actual, marcado por una economía fuerte, en pleno empleo y en una etapa tardía de una longeva expansión y con la presencia de grandes estímulos fiscales, es muy posible que la Fed le dé un mayor peso a combatir la inflación que a promover el pleno empleo.

Aunque la inflación aún se ubica por debajo del objetivo de la Fed, el banco central siempre debe estar “delante de la curva”, esto quiere decir que no se esperará a que la inflación sobrepase su cifra objetivo para tomar medidas contundentes para combatirla.

Así como en el 2009-2016 la Fed parecía preferir tolerar un poco de inflación antes de arriesgarse a retirar los estímulos monetarios y provocar una nueva recesión, hoy parecería que la Fed pudiera estar dispuesta a vivir con una recesión antes de permitir un brote inflacionario.

Aunque ni el escenario de brote inflacionario ni el escenario de recesión son riesgos de corto plazo, en su reciente reunión de primavera, el Fondo Monetario Internacional (FMI) destacó que la probabilidad de una desaceleración o inclusive una recesión ha aumentado en el mediano plazo.

Como destacamos en este espacio hace unas semanas, el ciclo actual de expansión podría estar entrando en sus etapas finales y no sería sorprendente que en algún momento, durante los próximos 18-36 meses, veamos una recesión cíclica.

Aunque no todos los observadores identifican los mismos riesgos, el FMI identifica los siguientes: I) la creciente posibilidad de una guerra comercial: II) una política monetaria más restrictiva por parte de los principales bancos centrales a causa de presiones inflacionarias (que se verían exacerbadas por una guerra comercial, y III) la falta de espacio en cuestión de política fiscal, especialmente en Estados Unidos, para enfrentar una desaceleración.

Todos estos factores están pesando sobre los mercados y el mercado de bonos de largo plazo no es la excepción.

Como hemos subrayado en este espacio, y a pesar del retroceso desde los máximos históricos observados a finales de enero, los mercados accionarios siguen siendo vulnerables a un mayor incremento en las tasas de interés de largo plazo, en especial si éste se materializa de manera súbita.

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