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El día de la visita de Kamala Harris aquí, Washington consideró “dictador” al gran aliado del Gobierno de México en Centroamérica: el presidente nicaragüense Daniel Ortega, con quien Morena tiene un idilio histórico.

Ahí están los videos de Yeidckol Polevnsky y René Bejarano gritando “Patria o muerte, venceremos”, junto al que Estados Unidos instó a sus socios y al resto de países a tratar como dictador.

También está Marcelo Ebrard denigrando la actuación del secretario general de la OEA porque, entre otras, condena que Ortega prohíbe elecciones libres.

El gobierno y Morena apoyan a Ortega (como apoyan a Venezuela) no solo gritando “Patria o muerte, venceremos” al lado de sus líderes: también lo hace votando a su favor (o sencillamente no condenándolos) en la OEA.

Hasta tienen sintonía en su ojeriza a las organizaciones civiles que ellos no pueden controlar, como el presidente mexicano con “Mexicanos contra la Corrupción” y algunos bufetes de abogados.

“No tienen que financiar a estas organizaciones, es una intromisión. Es una vergüenza que abogados mexicanos sean empleados de empresas extranjeras. Eso es traición a la patria”, afirma el mandatario mexicano.

El dictador Maduro obliga a las organizaciones civiles a presentarle a su policía política un listado de miembros, fuentes de financiación y movimientos bancarios en el exterior.

Y el dictador Ortega impone en Nicaragua la Ley de Regulación, que obliga a registrarse ante la policía a las organizaciones que reciben dinero de empresas extranjeras, por considerar que es antipatriótico e inmoral recibir dinero extranjero.

Hay que insistir en que esos son los amigos del gobierno mexicano, con quienes operadores políticos del presidente tienen relaciones incondicionales públicas y privadas, por lo cual jamás este gobierno tratará como dictador a Ortega.

Pero también hay que insistir en que Ortega empezó esta semana a encarcelar a los aspirantes de la oposición a ser candidatos a las elecciones presidenciales que espera realizar en diciembre, en las que él mismo pondrá los candidatos, las urnas y contará los votos.

Ortega se va a reelegir por cuarta vez él mismo y, así, liberando del engorro de realizar elecciones, verificarlas y sancionarlas a algún órgano electoral autónomo, sociedad civil, la Constitución, los partidos…

Y ojo: por mucho que en las mañaneras lo amalgame entre expresiones directas, refranes y pirotecnia del lenguaje, algo parecido a esta manera particular de democracia anda en la cabeza del mandatario mexicano.

El intelectual nicaragüense Sergio Ramírez (Premios Alfaguara y Cervantes) lo explica:

“La democracia representativa sale sobrando en la simpleza de este credo, porque la existencia de varios partidos en competencia, reza el alegato ideológico, sólo provoca disensiones. Entonces, la panacea, por mucho que huela a naftalina, es el partido único.

Un sueño de la 4T.