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El objetivo de Shinzo Abe es claro: estimular el crecimiento a toda costa y reducir el valor real de la deuda pública.

Desde que Shinzo Abe fue nombrado primer ministro en Japón a finales del 2012, las autoridades financieras japonesas han implementado una serie de medidas para tratar de estimular la economía y combatir la amenaza de la deflación, presente desde la década pérdida de los 90, pero inminente desde la Gran Recesión del 2008-2009.

Una de las principales iniciativas impulsadas por Abe fue que el Banco de Japón (BoJ, por su sigla en inglés) siguiera los pasos de la Reserva Federal (Fed) en Estados Unidos con un programa inédito de inyecciones de liquidez. En este contexto, la política monetaria del BoJ ha dado un giro total hacia la heterodoxia, implementando tasas de interés negativas e inyectando miles de millones de yenes a la economía mediante la impresión de circulante destinado a la recompra de bonos soberanos, fondos indizados al mercado accionario japonés y fondos de bienes raíces.

Adicionalmente, se autorizó al Fondo de Pensiones del gobierno japonés -que maneja más de 1.2 billones de dólares- incrementar, de manera considerable, la asignación a instrumentos de renta variable en su cartera, duplicando su tenencia de acciones en el mercado doméstico y extranjero.

Todas estas medidas han tenido un impacto positivo en el mercado accionario japonés y han contribuido a un yen débil, que ayuda al sector exportador, pero han sido ineficaces en términos de crecimiento económico y combate a la deflación.

En la edición de “Sin Fronteras” del 6 de noviembre del 2014 advertíamos que “las medidas heterodoxas del BoJ no son garantía de que la economía japonesa saldrá de su letargo como lo está haciendo la economía de Estados Unidos”. La razón principal es que el mecanismo de transmisión de las inyecciones de liquidez a una mejoría en el entorno económico en Estados Unidos se dio a través de la reparación del balance patrimonial del consumidor estadounidense.

El alza en los mercados impulsada por la política monetaria de la Fed contribuyó a una recuperación en la confianza del consumidor, que a su vez ayudó a que la demanda agregada se recuperara gradualmente y que el sector corporativo comenzara a recontratar gente para satisfacer este incremento en la demanda agregada.

En el caso de Japón, el alza en los mercados accionarios no ha tenido el mismo efecto riqueza en el consumidor japonés, ya que los patrones de consumo e inversión del sector privado en Japón, después de la década perdida de los 90, se volvieron muchísimo más conservadores.

Asimismo, las rigideces de la economía japonesa derivadas de la falta de reformas estructurales, la complicada situación fiscal del gobierno y una pirámide demográfica invertida han restado eficacia a las medidas del BoJ.

Ante esta situación, el gobierno de Abe anunció la implementación de una serie de estímulos fiscales por un monto aproximado de 275,000 millones de dólares, lo cual es equivalente a 5% del PIB japonés. Los estímulos fiscales estarán enfocados en proyectos de infraestructura y programas sociales.

La política económica de Abe recuerda al New Deal de Roosevelt en Estados Unidos después de la Gran Depresión y es sin duda un cambio radical en la filosofía económica japonesa, en pocas palabras una desjaponización de la política económica para occidentalizarse y asemejar más a lo que han hecho otras economías desarrolladas en momentos críticos. El objetivo de Abe es claro: estimular el crecimiento a toda costa y reducir el valor real de la deuda pública a través de una mayor inflación, buscando revertir la trayectoria del déficit público como porcentaje del PIB. De lo contrario, Japón podría volver a vivir una nueva década perdida.