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A la innecesaria y contraproducente decisión de extinguir la Policía Federal para engendrar la Guardia Nacional que de tan poco ha servido se suma el riesgo de que la malograda corporación sea engullida por el Ejército.

De prosperar la insensatez, morirá la posibilidad de que la más aparatosa policía de México se subordine a un mando civil.

Al término de la comida del presidente López Obrador con los empresarios trascendió que este despropósito “está en análisis desde hace meses…”. La medida conlleva la pulverización de la eufemística Secretaría federal de Seguridad y Protección Ciudadana que en lugares como Aguililla, Michoacán, mantiene a la población a merced de criminales. Que sea una institución civil, mandata la Constitución sobre la Guardia Civil.

Su franca militarización eliminaría la esperanza de que el más importante órgano policial de México se profesionalice y demuestre su teórica utilidad. La sola intención anunciada retrata el grado de dependencia que la 4T se esmera en tener de los militares, de los que prometió hacerlos “regresar a los cuarteles”.

Desde su conformación mayoritaria por policías militares y navales, la GN ha carecido de una verdadera autoridad civil.

El componente militar original, campechaneado con los restos de la Policía Federal y nuevos reclutas derivaron en una policía de escasa efectividad. Contra lo que ocurre en las naciones más liberales y democráticas, la incorporación al Ejército no garantiza la seguridad pública pero sí su indeseable militarización.

El entuerto expresa el desprecio de la 4T por las policías civiles, a las que debió reforzar y en las que se procura que el personal apruebe cuando menos los exámenes de control y confianza.

De cristalizar la pretensión, México sería como los países autoritarios donde prevalece una visión militar de la seguridad pública y las Fuerzas Armadas (hoy utilizadas como el mil usos) perderán el respeto que la sociedad sigue teniéndoles porque las mejores políticas públicas del mundo son las que depositan la responsabilidad del ejercicio público todo en modelos y mandos civiles.

Los militares trabajan con esquemas operativos diseñados para ejecutarse en forma colectiva y reactiva, en tanto que gran parte del trabajo de las policías descansa en misiones individuales, propias de agentes de investigación, claves para la construcción de casos y no solo para crear contexto de acciones operativas de carácter táctico.

Las policías con mejores prácticas tienen su fortaleza en una suerte de capacidad gerencial en permanente contacto con la sociedad.

Los ejércitos, en cambio, se caracterizan por restringir, o de plano prohibir, el contacto social de sus integrantes. Se trata, en resumen, de un atentado contra el sentido común y el engrosamiento de una policía militar disfrazada y colada en la sociedad. Bajo el mando castrense, la Guardia Nacional nunca podrá trabajar con las mejores prácticas propias de una policía civil, a la que se le mutilaría su esencia.