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El decreto “por el que se dispone de la Fuerza Armada Permanente para llevar a cabo tareas de seguridad pública”, por más que lo haga “de manera extraordinaria, regulada, fiscalizada, subordinada y complementaria”, es una confesión implícita del fracaso de una institución innecesaria, mal concebida y peor organizada: la Guardia Nacional.

No da el ancho.

La instrucción a Ejército y Marina Armada es que desempeñen la misma función que han estado cumpliendo desde hace ya varios sexenios pero ahora, por fortuna, con el contexto legal que se les vino escamoteando en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto y que, contra todo pronóstico, impulsó el Presidente que había ofrecido regresarlos a los cuarteles, Andrés Manuel López Obrador.

Si bien es comprensible que la naciente Guardia Nacional no dé los frutos que se esperan de una corporación consolidada, también es cierto que ni siquiera ha sido capaz, si no de aminorar, al menos de contener la creciente violencia y en particular la desatada por la delincuencia organizada.

Eso se debe a una sencilla razón: su concepción partió de un pésimo diagnóstico sobre la moribunda Policía Federal, cuyos integrantes pudieron constituir la columna vertebral de la Guardia. De hecho, todo indica que la decisión de acabar con esa institución de 90 años de existencia y fundar la nueva entidad fue motivada por el prurito de borrar todo rastro de su reorganización durante el gobierno de Ernesto Zedillo y su modernización en el de Felipe Calderón bajo la jefatura de Genaro García Luna, dos de los principales aborrecidos por la actual administración.

Jabo, emigrado de la Policía Federal, me escribió el 4 de mayo. Hace 18 años se formó en el Instituto de Formación de la PGR para ser investigador.

“Tuve el privilegio de trabajar en uno de esos proyectos exitosos que raramente se observan desde su interior, el área de Secuestros. En 2007, con más dudas que respuestas, me incorporé a la PF, que me permitió desarrollarme profesionalmente y desarrollar estrategias para localizar y/o liberar a más de 400 personas. Siempre a la orden y con respeto a mis superiores y subalternos. Hoy la Policía Federal o lo que queda de ella, llora”.

Y cuenta que compañeros que aceptaron irse a la Guardia Nacional se ven “engañados, defraudados por el proyecto y quienes dirigen, al ser tratados como enemigos políticos”.

Se pregunta: “¿Qué hicimos mal, ¿a quién ofendimos o lastimamos con nuestro actuar? ¿Por qué dice el secretario (Alfonso Durazo) que somos corruptos si no nos conoce? ¿Somos policías que trabajamos como militares o los militares trabajan como policías? ¿Qué es y qué hará en realidad la Guardia Nacional? Años de capacitación y experiencia que no son valorados. Por el bien de mi país y mis compatriotas, ojalá un día funcione esta estrategia de seguridad. Lo digo de corazón, aunque tengo otra corazonada. Corazonada de policía…”