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Miles de diablos desatan su picardía en una mágica celebración en Ecuador
Una persona con disfraz participa en la tradicional 'Diablada de Pillaro' este lunes en Píllaro (Ecuador). EFE/José Jácome

No huele a azufre ni es el infierno, tampoco hay el dantesco panorama consumido por las llamas con el que se asocia comúnmente al hogar de Belcebú, y aún así, miles de diablos bailan y se pasean por las calles de la ciudad ecuatoriana de Píllaro, durante una mágica celebración, que desata la picardía de mefistófeles los primeros seis días de cada año.

A unos 120 kilómetros al sur de Quito, gente vestida de diablos, con máscaras coronadas por inmensos cuernos y expresiones que parecen nacidas de las peores pesadillas, bailan durante la tradicional ‘Diablada de Píllaro‘ junto a personajes como los capariches (barrenderos) y guarichas (hombres vestidos de mujeres) al son de sajuanitos y albazos entonadas por bandas de pueblo.

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Roberto Rodríguez sostiene una mascara durante una entrevista con EFE en Píllaro (Ecuador). EFE/José Jácome

Los diablos son patrimonio cultural

Envuelta en historia y leyendas, la ‘Diablada de Píllaro’ ha sido catalogada como patrimonio cultural inmaterial, y sobre su origen hay varias versiones.

Elías Yanchatipán, exalcalde de Píllaro, dijo que en la época de la colonia los indígenas se vestían de diablos en repudio a las prédicas sacerdotales y al maltrato físico, económico y moral que recibían de los españoles.

Pero la leyenda también habla de temas sentimentales y de disputas entre grupos de jóvenes, por lo que Elías resume el asunto en la “resistencia” que se tomó las calles, como ahora lo hacen cada año unas 30 mil personas, la mitad representando a Lucifer.

Darío Villacís, cabecilla de la partida (grupo) San Andrés, se lamentó de que haya quienes asocien la celebración con un supuesto culto al diablo y recalcó que es una “manifestación cultural”, que derrocha arte, picardía y alegría por unas 13 cuadras en largas jornadas de bailes entre el 1 y el 6 de enero.

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Pero no es cualquier baile: quien representa a mefistófeles debe cumplir siete pasos con movimientos específicos de sus pies, cabeza, brazos, que repiten con gracia y destreza niños y adultos, hijos de la tierra y otros llegados de lejos, como Roberto Rodríguez.

Nacido en la provincia de Pichincha y residente en Estados Unidos, Roberto asevera que la celebración “no es una adoración al diablo” sino una forma de expresión y diversión pues “el diablo es pícaro y molestoso” y, por eso, durante las comparsas hacen bromas a los turistas, que llegan por miles a Píllaro, conocido como el ‘altar del dios Rayo’.

Hijo de un cubano y una ecuatoriana, Roberto regresa cada año a Ecuador para participar en la ‘Diablada’ y lo seguirá haciendo por gusto, no por temor a que se lo lleve el diablo si corta la tradición, como cuenta la leyenda.

Aunque si no pudiese asistir, no teme que se lo lleve porque “ya somos amigos”, dice entre risas.

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El artesano Ángel Velasco sostiene una mascara este lunes en Píllaro (Ecuador). EFE/José Jácome

Un arte endiablado

Cerca de medio siglo lleva el artesano Ángel Velasco elaborando máscaras de diablos, un arte en el que es autodidacta y testigo de muchos cambios, entre ellos la sustitución de cuernos de venado por otros de toro, borrego o artificiales ante el cada vez más riguroso control de las autoridades ambientales.

De la cantidad de cachos también depende el peso de la máscara, que puede ascender a diez libras, y también el costo, que oscila entre 60 y 200 dólares en su taller, aunque está seguro de que son más caras en los almacenes a los que envía “por docenas” en Ecuador, EE.UU. y Europa, bajo pedido, “porque donde hay pillarenos hay diablos”, comentó.

Hechas de papel, pegadas con engrudo y con los cuernos sujetos por alambres, Velasco tarda unos ocho días en elaborar una máscara, pero ello depende de su complejidad, el secado y el clima.

Es que hay unas máscaras sencillas y pequeñas, pero otras cargadas de cuernos por todo lado y tan expresivas que parece que en cualquier momento cobrarán vida para clavar los colmillos, que también les son característicos.

Católico por convicción, Ángel lleva 50 de sus 74 años bailando con diabólicas máscaras de expresión feroz, cejas arqueadas, ojos penetrantes y cuernos retorcidos, sin que ello le genere ningún temor, como tampoco lo siente Antonela, que a sus tres años, y rodeada de diablos danzantes, dijo que Belcebú “es bonito”.

Con información de EFE.