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El expresidente López Obrador volvió a asomar la nariz en redes. No fue para mirar lo que pasa en México —que no es poco—, sino para indignarse por la captura de Nicolás Maduro a manos de Estados Unidos y, de paso, darle un jalón de orejas a Donald Trump.

En su cuenta de X escribió que aquello fue un secuestro y un “prepotente atentado a la soberanía del pueblo de Venezuela”. Se puso solemne: aseguró que ni Bolívar ni Lincoln aceptarían que Washington actuara como tiranía mundial. Después vino el regaño directo:

“Presidente Trump: no caiga en la autocomplacencia ni escuche el canto de las sirenas. Mande al carajo a los halcones… la política no es imposición.”

Invocó a Juárez, respaldó a la presidenta y remató con una línea casi infantil:

“Por ahora no le mando un abrazo.”

A mí el mensaje me produjo más ternura que temblor diplomático. Igual que sus cartas pidiendo explicaciones por la llegada de El Mayo Zambada a Estados Unidos, estas proclamas sirven para lo mismo: para el archivo, no para la realidad.

Después de leerlo, desordené tres ideas.

Primera. Que amplió oficialmente las causas para regresar a la vida pública, aunque sea en declaraciones. Ahora debemos agregar: cuando sus convicciones libertarias le impidan callar. Anotado para la enciclopedia obradorista.

Segunda. Que afirmó que “la política no es imposición”. Lo dijo quien pasó seis años imponiendo su voluntad, incluso después de dejar Palacio Nacional: ahí está la reforma al Poder Judicial como monumento a la no-imposición.

Tercera. Que advirtió que la victoria de hoy puede ser la derrota de mañana. En eso sí coincidí: ojalá su movimiento se aplique el cuento frente al espejo.

Y ya encarrerado, yo quisiera hacerle preguntas al expresidente, no a Bolívar ni a Lincoln.

¿Dónde estaba usted cuando el régimen venezolano atropellaba las libertades que hoy dice defender? ¿Dónde se escondieron sus convicciones libertarias cuando periodistas, estudiantes y opositores eran encarcelados u obligados a abandonar su tierra? ¿En qué cajón guardó su humanismo mientras Caracas se llenaba de presos políticos y cementerios?

Que nadie me malinterprete: no estoy de acuerdo con Trump. El presidente estadounidense es un impresentable que vio en la caída de Maduro una inversión petrolera con moño de héroe. Pero una cosa es denunciar a Washington y otra muy distinta canonizar a Miraflores.

¿Qué le espera a Venezuela? Sospecho al menos tres años de tutela estadounidense cobrando el “favor” de quitar al dictador. Y en cuanto a María Corina Machado y Edmundo González, tal vez nunca gobiernen. No porque les falte apoyo popular, sino por haberle robado al “nuevo pacificador” del mundo el Nobel de la Paz, que ya veía en su vitrina.

Yo, por ahora, tampoco mando abrazos. Pero no por convicción libertaria:
es por simple memoria.

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