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Se hace camino al errar.  Florestán

Lo he contado, pero hoy lo quiero recuperar.

La mañana del 3 de octubre de 1968 llegó a la redacción, como todos los días a las 8, su dueño y fundador, Gabriel Alarcón Chargoy, y preguntó a don Mario Santoscoy, jefe de información, por qué estaba yo dormido, a lo que le respondió que había estado toda la tarde y toda la noche, hasta la madrugada, como muchos de mis compañeros, en la cobertura de la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, la noche anterior en Tlatelolco.

Aquella mañana, después de diez meses de meritorio de reportero, cubriendo todo el conflicto estudiantil por ser el más joven de la redacción, 21 años, me dio la planta de reportero, y ayer se cumplieron 48 años.

Y desde entonces…

Han sido años maravillosos en este que es el mejor oficio del mundo, ser reportero, en el que uno tiene el privilegio de ser testigo cercano, presencial, de la historia. Años, casi medio siglo, en los que el país, el mundo y la realidad, han dado un vuelco y con ese vuelco, todos.

Ha sido un túnel del tiempo donde, recuerdo, me asombraba el teletipo en el que se tecleaban solas las noticias de las agencias internacionales y del télex, desde el que enviaba las notas cuando andaba de enviado especial y entregaba mis cuartillas a un operador en cualquier parte de México o del mundo, las copiaba en un teclado que ponchaba una cinta amarilla que luego se pasaba por un lector que la imprimía en la desaparecida redacción de Carmona y Valle, en la colonia Doctores. Eran los tiempos de las máquinas Olivetti, mecánicas y mi Remington, portátil, cuando los fotógrafos cargaban decenas de rollos que había que enviar físicamente al periódico, para su revelado, impresión y secado.

Era, aquella de la segunda mitad del siglo pasado, que comenzó a modernizarse con las máquinas eléctricas y los primeros teclados de computadoras gigantes en una sala congelada donde había que hacer fila para un turno.

Y llegó el fax, que siempre me pareció mágico: una copiadora en la que uno, desde la distancia, metía las cuartillas y salían en la redacción de El Heraldo.

Luego el internet, que abrió otro mundo y comenzó a cambiar todo, y las primeras computadoras portátiles. Recuerdo una Toshiba de unos cinco kilos, donde era un reto conseguir una línea para conectarse, sobre todo desde el extranjero, y que llega el primer teléfono celular.

Era otro mundo que, por fortuna, no se quedó quieto; al contrario, los avances aceleraron los avances.

Empezó a mejorar y a democratizarse el internet, y las primeras tabletas iPad y los teléfonos se hicieron inteligentes: eliminaron la agenda, la calculadora, el reloj, el despertador, la cámara de fotos y la de video, el iPod, la pluma y el lápiz.

Con el auge de las redes, el móvil se convirtió en un todo que se usaba para estar comunicado empezando a desaparecer, paradójicamente, su función original: el teléfono.

En esta vorágine, el país también cambió.

Y en eso estábamos cuando veo que han corrido 48 extraordinarios años y que gracias a la vida…

Nos vemos mañana, pero en privado

 

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