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Como perros y gatos o la diferencia de un tono.

Mi excelente libro de lectura en el segundo año de primaria se llamó Poco a Poco, y a diferencia del de primero, ya no usaba la letra manuscrita sino la tipográfica; y ahí sí me la pellizcaban los demás chiquillos porque yo había aprendido a leer antes, en el periódico que mi padre compraba.

En sus capítulos finales, Poco a Poco tenía una lección sobre las rencillas entre gente cercana, que se llamaba pecisamente “como perros y gatos”.  Cuando papá me escuchó leyéndola en voz alta, tuvo que corregirme: no se trataba de que en casa me alimentaran con la carne de esos animalitos que desde hace siglos fueron domesticados como antídoto a la soledad. Ese “como” del título no era forma verbal de comer, sino adverbio para calificar la conducta de quienes como perros y gatos pelean.

Cuento todo esto porque la campaña desesperada de Donald Trump para regresar a la presidencia de los Estados Unidos está llegando a extremos patéticos. Especialmente en lo que se refiere a la política migratoria. Para el señor Trump la única solución es cerrar inmediatamente las fronteras del sur a una migración que según él está integrada de   delincuentes, narcotraficantes, drogadictos y fugitivos de los manicomios.

Ahora Trump ha llegado a un extremo francamente ridículo. En el debate con Kamala Harris afirmó que en la ciudad de Springfield, Ohio, los migrantes comen carne de las mascotas de los dignos habitantes gringos, perros y gatos. El mismo argumento había sido difundido y ampliado por su compañero de fórmula a la vicepresidencia, James D. Vance, el millonario amigo de Samuelito el mentiroso de Nuevo Lón, Elon Musk, y el senador por Texas, amigo también de Sammy, Ted Cruz. El asunto ha intensificado el sentimiento racista en ese pequeño pueblo de Ohio.

Las cosas como son: Springfield tenía en el 2020 unos sesenta mil habitantes. La crisis de empleos provocó ua política local “Bienvenido a Springield”, ofreciendo trabajo. Se calcula que entre quince y veinte mil haitianos aceptaron el llamado y viven hoy con temor en el pueblo. En el verano de 2023, Hermanis Joseph, un hatiano, chocó contra un transporte escolar y un niño murió en el accidente. La cosa se puso tensa. Hace dos meses Joseph fue declarado culpable de homicidio imprudencial y puede pasar nueve años en la cárcel. En agosto pasado, la policía recibió llamadas de que los haitianos se estaban robando gansos. En las benditas redes sociales los gansos se convirtieron en perros y gatos y los haitianos en simples inmigrantes que comen la carne de esas mascotas.

No hay evidencia alguna de que los mensajes en X tengan sustento. El alcalde de Springfield niega la veracidad, aunque él mismo es republicano. Donald Trump se aferra a su gramática del como perros y gatos.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): Hubo un tiempo en que las Fiestas Patrias, su grito y su desfile, eran una verdadera fiesta popular. En el Zócalo los mexicanos llegaban medio pedos a romperle cascarones de huevo en la cabeza de las muchachas atractivas la noche del 15. A la mañana siguiente aplaudíamos a los soldados porque les admirábamos por el simple hecho de que cuando salían de sus cuarteles los conflictos se apaciguaban. Ya no hay cascarones de huevo rellenos de harina y confetti. Vamos, creo que la tía de las muchachas ya no las deja salir, de puro miedo. ¡Ah! también hay muchos municipios en los que no hubo ni grito ni desfile.