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La secretaria de la Función Pública acaparó el debate con su propuesta de reducir salarios en la IP, pero la corona de su speech fue el anuncio de que el gobierno tendrá “ciudadanos alertadores de corrupción”: unos vigilantes de otros vigilantes de otros vigilantes. Y así y así.

Es algo que existe en otros países, donde también se conoce como “soplón anticorrupción” o “ciudadano informante” con recompensas monetarias. Una idea que puede tener buena intención, pero en verdad sólo crea delatores.

Porque oficializa la acusación masiva y facilona, lo cual ocurre hasta con los testigos protegidos de la PGR, con sus declaraciones interesadas que cambian según los ofrecimientos de la autoridad.

En el juicio contra El Chapo, testigos protegidos que quieren salvarse de cadenas perpetuas, han acusado con puros dichos a funcionarios de gobiernos de toda ideología en México, desde el gobierno del actual presidente en el DF, hasta el de los expresidentes Calderón y Salinas.

Para la secretaria de la Función Pública, el objetivo es que los “ciudadanos alertadores de corrupción” denuncien, ante el gobierno, prácticas indebidas de soborno, cohecho y otras prácticas ilícitas, en la idea de “democratizar el control del gobierno”.

A través de la historia, nunca tuvo final feliz la aprobación de ese tipo de “verdugos benévolos”: personas que, en principio, creen hacer un bien social, pero en la realidad se convierten en delatores, halcones, soplones… lo que el marxismo denomina “el hombre convertido en lobo del hombre”.

En Cuba, por ejemplo, ha funcionado para que el gobierno mantenga el poder de manera monolítica durante seis décadas sin elecciones ni libertades individuales, de prensa, de movimiento, de empresa, de pensamiento…

Pero la institucionalización (a través de comités ciudadanos que funcionan en cada barrio) de la chivatería no ha creado mejores personas en Cuba. Al contrario, fomentó la simulación política y la doble moral individual y familiar para alcanzar alguna promoción humana.

Lo trato de explicar en las páginas 26-27 de mi libro Un bolero para Arnaldo. Memoria personal de Cuba (Editorial Cal y Arena):

Porque la Gran Utopía sacó lo peor de los cubanos, al obligarnos a luchar para vivir, lo cual nos hizo ceder espacios de dignidad con tal de alcanzar una vivienda, un buen trabajo, un viaje al extranjero y privilegios como comer salchichas o usar papel sanitario.

Lo que plantea aquí la secretaria de la Función Pública también es una utopía: en lugar de “alertadores ciudadanos”, lo que debe procurar nuestro gobierno es una justicia que elimine la impunidad, la cacería de brujas contra adversarios políticos, con jueces y policías mejor preparados.

Nunca harán falta “ciudadanos alertadores”, con un Estado de Derecho que funcione e instituciones fuertes.

Ése debe ser el objetivo.