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Ayer al mediodía escuchaba yo en el radio un programa de esos que se dedican al chisme del mundo de los espectáculos. Incidentalmente, mencionaron una comedia teatral que yo no he visto y que se llama “¿Por qué los hombres aman a las cabronas?”. Los locutores cuidadosamente evitaron decir la última palabra, dejando en sus puntos suspensivos la tarea simple de completar el título a la imaginación del oyente.

Recuperé una inquietud añeja. ¿Por qué los mexicanos le tenemos tanto pavor a las palabras, que es lo más valioso que poseemos?

Ese maravilloso ogro filantrópico y gramatical que fue Octavio Paz, nos dejó en claro que la palabra, esa argamasa del pensamiento expresado, construye los ladrillos de la civilización y la cultura. Sin la palabra, no seríamos nada. Las primeras líneas del Evangelio de San Juan dicen: “en el principio era el Verbo y el Verbo era con Dios y el Verbo era Dios”.

¿Qué hemos hecho con el verbo? Circuncidarlo, limitarlo, castrarlo, privarlo de su riqueza creadora y de su capacidad de definir realidades. Por fortuna, la lengua es una entidad viva, indomable, que se va componiendo con el uso que el vulgo hace de ella.

Mientras tanto, en la doble moral que nos domina, en público evitamos llamar cabrones a los cabrones, putas a las putas u ojetes a los ojetes; eventualmente llamamos a algunos hijos de su puta madre sin que nos conste el oficio ejercido por la progenitora del interfecto. Aunque en la privacidad soltemos el cinturón de castidad que limita nuestra obscena lengua.

Porque desde el siglo diecinueve y el que le siguió, nos enseñaron que, como canta Serrat, “eso no se dice, eso no se hace”, y si alguien en nuestra presencia llama negro a un negro, levantamos las cejas. Es un afrodescendiente. A las personas que sufren lesiones graves y permanentes en su fisiología, les hemos dicho tullidos, cojos, chuecos, inválidos, minusválidos, personas con limitaciones o con “capacidades diferentes” para ocultar nuestra hipocresía.

Desde luego que este ejercicio lingüístico tiene muchas ramificaciones. Pero un solo Dios verdadero: la cobardía social.

Nuestra incapacidad de llamar a las cosas por su verdadero nombre nos lleva inevitablemente a confundir conceptos. Le llamamos representantes populares a unos cabrones que cobran por seguir ciegamente instrucciones del Ejecutivo, con A o con O, en todo lo que pida. Nos dicen que los rateros se llaman políticos, los defraudadores, financieros, y los delincuentes, seres desviados que merecen abrazos y orientación vocacional.

En los medios, llamamos agentes del orden a los extorsionadores o cómplices del delito, jueces democráticamente electos a quienes liberan delincuentes, administradores a los que arman y ejecutan fraudes a dineros propios y ajenos, y gobernantes a los que se dedican a contarnos mentiras; mientras nosotros fingimos que las creemos.

A mi personal juicio, la peor ofensa a la lengua nuestra es cuando en la nota roja se dice que un hombre asesinado fue “ajusticiado”.

Puta madre. Nada más eso nos faltaba.

Indudablemente, estamos en deuda con nuestro idioma. El pan es pan; el vino es vino. Las cabronas —deliciosas ellas— son simplemente cabronas. Y las amamos. Honremos nuestras malas palabras.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): El cuento de Donald Trump y Groenlandia sigue grave. Una breve y jocosa actualización: Alemania mandó trece (TRECE) soldados a Groenlandia para su defensa.

Si ya terminó de reírse, debo agregar que el motivo que se arguye para ese radical operativo militar internacional tedesco, son las amenazas sobre la isla de hielo por parte de Rusia y China.

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