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Comienzo a escribir estas líneas cuando ya ha comenzado a cerrar la mayoría de las casillas electorales de unas elecciones raras, que los histéricos insisten en llamar históricas.

Cierto, fueron la introducción de una serie de prácticas electorales novedosas cuya pretensión fue facilitar a los electores, la decisión de seleccionar de una macolla de nombres totalmene desconocidos y ajenos, los mejores para que sean titulares de dos mil setecientos puestos del poder judicial mexicano, a todos los niveles.

Esa ayuda alcanzó el paroxismo del ridículo en los “acordeones” repartidos en ejercicio del mayor cinismo por el poder ejecutivo, que confesadamente intentaban orientar al pueblo noble y sabio, tan sabio y tan noble que es  incapaz de deambular en el laberinto de las votaciones; claramente sugerían el nombre de los previamente seleccionados.

El Instituto Nacional Electoral remató el chascarrillo aclarando que los mentados acordeones con nombres ya establecidos antes de acudir a votar, se valían dada la complejidad de todo el proceso, siempre y cuando fuesen de orígen casero.

Todo este margallate que ayer nos dejó la ley seca -único fenómeno digno de recordar- sorpresas no me dio, como si no fuera parte de la vida.

Yo acudí a ejercer mi derecho legal y a cumplir con mi obligación cívica, igual que la vez pasada, a la casilla principal de la sección electoral 1404 a una cuadra de la casa. Volvió a abrir, como cientos de casillas en el país, una hora tarde, por falta de personal.

Esta vez no tuve que esperar veinte minutos para pasar a la ceremonia. Delante de mí había solamente un joven, que finalmente se tuvo que retirar credencial de elector en mano, porque después de ardua búsqueda no apareció en las listas del padrón electoral.

Probablemente ese hecho, la brevedad de la espera para la fiesta cívica sea lo más notable, al menos en mi casilla. Pero los datos parciales y fragmentarios que se han sabido hasta esta hora, es que ninguna de las casillas reportadas logró los cuatro dígitos del número de votantes. El promedio andaba en 153 personas, pero chance y no.

Porque esa es otra histórica novedad: tenemos que esperear diez días para que nos digan quién ganó, aunque todos sabemos que ganó el plan C de Lopitos, quien salió ayer de su escondite para decirnos que tenemos la mejor presidente del mundo mundial. Sabemos además que hubo una confusa instrucción, de que las boletas no usadas fuesen guardadas aparte, sin haber sido anuladas con el tache. Cuando nos cuenten la fabulilla de los resultados, sabremos dónde andaban una semana esas papeletas.

Por lo demás, no hubo sorpresa alguna: Acarreo, tamal, ratón loco, todas las clásicas maniobras de las elecciones del pasado, estuvieron presentes, mayormente por la escasez de mexicanos que quisieran participar, aún siendo insaculados, como comparsas de este circo.

De lo que no tengo duda alguna es que el abstencionismo ha sido grande, lo cual tampoco es sorpresa. Lo que pasa es que en esta elección histórica ha sido magno.

Si alguien va a estar muy sorprendida hoy, es la señora presidente cuando le den los primeros datos: ella pronosticó quince, quince, millones de votantes.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Sí, es cierto, a estas alturas ya debiéramos estar muy cerca de la paz en Ucrania, que el pelipintado prometió arreglar en un par de horas luego de haber tomado posesión. Las pláticas siguen en Estambul, pero los combates se han intensificado en el oriente del país invadido por los rusos. La palabra dron ya ingresó a nuestro lenguaje político, que es el idioma de la guerra.

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