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Aquí mismo, hace unos días, publiqué que el cónclave para elegir nuevo Papa no duraría más de dos días y que el sucesor de Pancho sería italiano. Si no sucedía así, dije, que se fuera mi alma al infierno.

Ayer, a las 10 de la mañana con seis minutos, hora central de México, salió la esperada fumarola blanca de la chimenea más fotografiada del mundo. Como resultó que el papa León XIV nació en Chicago, se formó en Perú y tiene doble nacionalidad, me equivoqué en el pronóstico del italiano. Ahora, el cónclave duró 24 horas en dos días seguidos: se los dije. Mita y mita.

¿Qué me corresponde entonces? Me queda claro que lo lógico sería el purgatorio. Pero yo prefiero el infierno; ahí ya están muchos de mis amigos, otros nos alcanzarán y estoy cierto de que es más divertido que el cielo.

Robert Frances Prevost Martínez perdió desde ayer su nombre y lo cambió por el de León XIV. En su momento nos habrá de informar de su motivación para escoger llamarse así. Es muy probable que sea en memoria de Gioacchino Luigi Pecci, León XIII, quien murió a comienzos del siglo veinte y es recordado por su encíclica Rerum novarum, considerada la primera encíclica católica con espíritu social. Si bien rechaza al socialismo, que entonces comenzaba a hacerle ojitos al mundo, aboga por salarios más justos y respeto a los obreros en su decisión de formar sindicatos.

Hoy Leon XIV tiene ante sí la más crítica situación de la historia del catolicismo. Los números actuales del Vaticano no son jubilosos en este año jubilar. Ni en la cantidad de fieles, ni en la riqueza de sus arcas. El avance de las religiones llamadas protestantes, porque son derivaciones de la reforma que desataron en Europa Martín Lutero, Juan Hus y Juan Calvino en el siglo XVI, ha tenido en nuestro siglo un empuje impresionante. Y si la iglesia  no retoma el aggioramento para ponerse finalmente al día, está camino a una crisis seria.

De eso trató en realidad el cónclave vaticano, no solamente de escoger un nombre para que vista un hábito y porte un anillo. El retraso inicial para la primera fumata bien puede ser expresión de la falta de unidad en el cuerpo cardenalicio, que reconoce tres corrientes que se reducen a dos. Los tradicionalistas, que regresarían incluso a la misa en latín y abundarían en el boato ceremonial, que hemos visto hasta la saciedad en estos días, como emblemático de la iglesia, y los liberales que quisieran estirar los esfuerzos del papa Pancho más adelante.

Sin quedarse en la humildad y la sencillez franciscanas para transformar por dentro la doctrina, la liturgia, la economía y la política del Vaticano. Los católicos deben entender que no es posible que, en la era de la inteligencia artificial y los viajes interplanetarios, la iglesia católica comunique su decisión más importante por medio de un tubo de lámina convertida en chimenea. Es urgente modernizar su iglesia, aunque eso signifique abandonar las espectaculares ceremonias del pasado tan añejo.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas):  El apellido Martínez del papa León XIV es por su madre Mildred, de ancestros españoles. Su padre proviene de Luisiana, que algo tiene de francés. Sin embargo, el betún latinoamericano le viene al papa por su cercanía con Perú, en donde vivió y predicó más de 20 años. Fue obispo de Chiclayo, pueblo de medio millón de seres en la costa norte peruana. No le falta roce con el pueblo, ni conocimiento de sus miserias. Yo estoy seguro de que sabrá aplicarlos.

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